Móstoles, Madrid. Años
noventa. Mujer de "treintaitantos", dos hijas de 6 y 8 años, separada de
un matrimonio anterior. No recibe ayuda de su ex y está en la más
absoluta ruina. Su objetivo: Un hombre maduro, trabajador autónomo y con
un alto poder adquisitivo en ese momento. Deciden vivir juntos sin
llegar a casarse. Al poco tiempo, ella, cómo no, queda embarazada.
Hasta ahí todo perfecto. La educación
de las hijas de ella, fruto del matrimonio anterior y las deudas pasadas
de la mujer, corrieron a cargo del hombre maduro. Mientras tanto, la
hija en común crecía. Pasaron varios años de bonanza hasta que, un
infortunado accidente de coche, impide que la gallinita de los huevos de
oro, es decir, el madurito, pueda seguir desempeñando el trabajo que
tanto bien económico les reportaba. A partir de ahí, y hasta ahora, lo
único que percibe este señor es una pequeña pensión de invalidez, ahora
de jubilación (720 euros) tras más de cuarenta años de trabajo.
Las cosas entonces cambiaron como por
arte de magia. Han pasado más de ocho años desde que esta pareja se
separó. La hija en común, veinteañera universitaria, de la que desconoce
si percibe algún salario por trabajos esporádicos, y su mamá, han
llevado a la ruina al madurito al que se le viene exigiendo una
compensación mensual de mil 200 euros, que debe sacar de los 720
de su pensión de jubilación. ¿Verdad que no cuadran las matemáticas,
señores letrados? Por esta razón, el hombre malvendió su casa y pagó la
friolera de 90 mil euros a madre e hija. De cualquier modo, se le sigue
exigiendo la pensión compensatoria mensual, que cada año aumenta en 100
euros, mientras que su pensión de jubilado lo hace en no más de 15 euros
anuales.
En todas las vistas que se han llevado a cabo sobre este caso, la mujer declara
encontrarse en paro, cuando se la ha visto trabajando en la cocina de un bar. Y el expediente sigue creciendo, y los jueces no quieren ver.
Esta es una historia que estoy
viviendo muy de cerca y de la que puedo hablar con todo lujo de
detalles. El hombre afectado, con el que comparto sangre, pensó en el
suicidio en más de una ocasión. Pero, como he podido comprobar, son
muchos los hombres los que pasan por este trance de maltrato de género,
sin que nadie les dé voz.
Rafael Rodrigo, miembro de la Asociación de afectados por la ley de violencia de género,
nos habla del suicidio anual de dos mil hombres por esta causa. Hecho
que queda oculto a la sociedad. Más matemáticas. Año 2006, de 3 mil 260
casos de suicidios, 800 eran mujeres.
¿Qué está ocurriendo en este país, donde las denuncias falsas
por parte de mujeres, en cuanto a maltrato de género son silenciadas?
Tengo en mis manos una estadística que afirma que, entre 2005 y 2008, se
interpusieron 600 mil denuncias de las que, según el Consejo General
del Poder Judicial, 343 mil 527, más de la mitad,
fueron archivadas por no encontrar en ellas veracidad alguna. Nos quedan
115 mil 768 sobreseídas y las que acabaron absueltas, 45 mil 421. Aquí
sí cuadran las matemáticas. De todas las denuncias, tan sólo el 16%
"concluyen en una sentencia condenatoria". Y bien, a la vista de la
ceguera de la ley, aún nos queda el recurso del pataleo.