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lunes, 5 de marzo de 2012

Divorciados y homosexuales

Lunes, 5 de Marzo, 2012
No somos como queremos sino como nos es dado ser. Sé que es difícil entender que el sexo no lo determinan los genitales sino una predisposición cerebral que a veces choca con los atributos corporales. ¡Afortunado nuestro tiempo porque la medicina, con terapias y cirugías, puede enmendar incluso ciertas disfunciones de la naturaleza! Es un abuso obligar a los ciudadanos a vivir en oposición a sus más íntimos sentimientos e identidades.
El veloz cambio de los tiempos desajusta o desenfoca las costumbres. El divorcio y la homosexualidad, soterrados en el pasado, afloran ahora con toda su carga de profundidad a la palestra pública sin convulsiones sociales, pero golpean como un devastador suna mi las costumbres cristianas.
La historia viene a cuento de las preocupaciones manifestadas públicamente por el reciente sínodo de la iglesia asturiana, a tenor de las cuales, algunos sinodales no solo manifestaron su preocupación por la exclusión que se ha venido haciendo en la Iglesia de esos colectivos sino que proclamaron la necesidad de abrirse pastoralmente a ellos y acogerlos. Nobles sentimientos, acordes con los tiempos. Sensata propuesta.
Sabemos que la Iglesia universal, no solo la asturiana, está perdiendo fuelle e incluso retrocediendo en su misión irrenunciable de ser fermento y luz. Por un lado, son muchos los jóvenes que se alejan de sus prácticas, aunque en Madrid se hayan reunido tantos, procedentes de todo el mundo, para proclamar con risas alegres el amor de Jesús y alimentar una papolatría indisimulada. La práctica religiosa, en declive; la juventud, indiferente y lejana; los divorciados, excluidos, cuando menos, de la comunión eucarística; los homosexuales, anatematizados por su supuesta conducta contra natura. Además, las corrientes cristianas divergen claramente unas de otras, creando no solo disensión interna sino enfrentamientos escandalosos. Este conjunto de circunstancias explica los templos vacíos. El cristianismo de mañana, de ser, será diferente.
Digamos de paso que en Madrid se cometieron, a mi criterio, dos errores importantes a los que me referiré s umariamente: el amor de Jesús y la papolatría. ¡Gran osadía la de decir que fue un error la insistencia en el amor de Jesús, profesado con tanto júbilo por los jóvenes congregados! A Jesús, como a cualquier otro antepasado nuestro, le debemos respeto, veneración e incluso amor, pero solo en el sentido de que su existencia es patrimonio importante de la humanidad. El amor, determinante moral de la conducta humana, se le debe a todos los hombres: a los antepasados por lo que sus vidas repercuten en las nuestras y a los coetáneos porque ellos son el objetivo del imperativo moral. El amor personal a Jesús que denuncio lo convierte de mensajero en mensaje. Seguro que Jesús, por lo poco que sabemos de él y por su doctrina, es el mensajero más excelso de los habidos. Pero el patrimonio que nos ha dejado o mensaje con que nos alecciona y anima es mucho más: el anuncio de una filiación divina que deviene, en su persona, signo de salvación y humaniza al hombre en la fraternidad universal que proclama y promueve. Si se pone el acento en amar al devoto judío cuya existencia se difumina en la niebla de la historia, nada tiene de extraño que su mensaje quede arrinconado e incluso aletargado y que la Iglesia se convierta en bastión de poder y dominio. La fácil seducción del personaje, realzado por una fe acrítica, arrastra con frecuencia a fanatismos declarados o latentes.
Por otro lado, la papolatría es un fenómeno tan evidente que apenas requiere comentario. Es totalmente ajena, sino contraria, al mensaje de Jesús. El estrellato del papa y su exaltación mediática nada tienen que ver con un evangelio que, tomando fuerza del amor de Dios a los hombres, los invita a amarse entre sí tal como Dios los ama; a percatarse de que son realmente sus hijos y, por tanto, hermanos; a perdonarse mutuamente en todo tiempo y situación (setenta veces siete) y a ayudarse en toda circunstancia (obras de misericordia).
Volviendo al tema de hoy, contrasta con lo dicho que la Iglesia asimile los divorciados a pecadores escandalosos por no aguantar el peso de un matrimonio derruido. ¿Por qué los rechaza como si fueran enemigos? ¿Qué pecado es el divorcio? ¿Acaso rompe lazos divinos? ¿O es el divorciado un egoísta ramplón que se sacude las cadenas de un amor muerto? ¿Es el amor acaso un lazo? ¿La promesa “hasta la muerte” tiene algún otro sentido que una intención sincera? La eternidad es predicamento de todo amor humano, aunque este nunca deje de estar sometido a los vaivenes del tiempo.
Bastan rudimentos teológicos para entender que los sacramentos de la Iglesia son signos que causan lo que significan: el agua bautismal lava y el pan eucarístico nutre. En el matrimonio, el signo es la promesa de un amor hasta la muerte; la gracia, l a bendición divina. Pero, aunque el agua del bautismo lava el pecado, el hombre recae, razón por la que necesita otro sacramento, el de la penitencia, cuya materia es la confesión auricular y la gracia, el perdó n. El amor juramentado en el matrimonio entraña ciertamente una misión, pero también pasión y sentimiento, contenidos vivos que pueden deteriorarse y desaparecer. En definitiva, el matrimonio cristiano no es letra muerta sino promesa viva. Si el amor entre cónyuges declina hasta derivar en hiriente indiferencia o en corrosivo odio, el sacramento se volatiliza: su materia se descompone y la gracia concomitante se diluye. Carece de sentido empecinarse entonces en mantener sus requerimientos formales. Ningún acto de voluntad dura de por sí siempre. Tampoco el matrimonio.
Sorprende que, en vez de reconocer la quiebra, la Iglesia se atribuya como única vía de humanización el insólito poder de declarar nulo un acto propiciado por ella después de someterlo a meticulosos requisitos. Resulta alucinante que un matrimonio cristiano no pueda disolverse y sí anularse. La diferencia entre anulación y disolución es abismal, de mucho menor impacto esta que aquella. Pronto dedicaré una reflexión a ese tema. En el matrimonio cristiano no cabe invocar un nexo divino indisoluble, afirmando que lo que Dios une no lo separe el hombre, ya que ello comporta un serio desenfoque teológico: los ministros del matrimonio, sus actores, son los contrayentes; Dios interviene como testigo y garante de que su gracia envuelve el amor prometido.
En cuanto al otro polo de la inquietud sinodal asturiana, la de los homosexuales, parece llegado el momento de que la Iglesia comience a sacudirse los estigmas de un atrabiliario complejo frente al indigesto plato de la sexualidad. Por un lado, la sexualidad desempeña un papel desorbitado en el ámbito religioso. Por otro, la genética juega pasadas, lo cual salta a la vista en el caso de malformaciones. Que lo haga, además, en temas tan ambivalentes como la orientaci ón sexual de los individuos debería ser asumido con la misma naturalidad con que se acepta la ceguera o cualquiera otra discapacidad. No somos como queremos sino como nos es dado ser. Sé que es difícil entender que el sexo no lo determinan los genitales sino una predisposición cerebral que a veces choca con los atributos corporales. ¡Afortunado nuestro tiempo porque la medicina, con terapias y cirugías, puede enmendar incluso ciertas disfunciones de la naturaleza! Es un abuso obligar a los ciudadanos a vivir en oposición a sus más íntimos sentimientos e identidades.
Animo desde estas columnas a los sinodales asturianos a proseguir en el camino iniciado a fin de que sean justos con todos los cristianos, sin distingos por razón de divorcio u homosexualidad. Su misión es servir espiritualmente a todos los fieles, estimulándolos a mejorar constantemente su conducta conforme al evangelio de amor que testifican: que Dios se da por completo, sin reserva ni condición, a la vez que es reclamo del amor, igualmente sin reserva ni condición, que deben profesarse unos a otros los seres humanos. Deber de los pastores es, además, denunciar con valentía cuanto contradice ese evangelio de amor: el hambre de los pobres, el despojo de los indefensos, la explotación de los desvalidos, el odio, la codicia, la violencia y, en suma, el egoísmo imperante. Condenen, o mejor perdonen, a los divorciados y homosexuales solo cuando sean crueles y egoístas.
http://www.lavozdeasturias.es/suplementos/as-7/Divorciados-homosexuales_0_657534345.html

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