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jueves, 5 de enero de 2012

Madres maltratadas por sus descendientes: un estudio de revisión

Jueves, 5 de Enero, 2012
Este artículo describe las diferentes perspectivas utilizadas en la explicación de la violencia filio-parental cuando la madre es la víctima más castigada, sobre todo en familias monoparentales, y se discute si es necesario ofrecer una explicación desde una perspectiva de género tanto de este fenómeno como de las hijas e hijos maltratadores. Se han revisado los estudios empíricos acumulados desde los años 70 hasta la actualidad, a partir de las bases de datos: ProQuest Psychology Journals, PsycARTICLES, PsycINFO, Medline, Psicodoc, IME, ISOC, Latindex y Dialnet, así como algunos libros publicados sobre este tipo de violencia. Los resultados sugieren que es la madre el progenitor más agredido, que los hijos agreden más que las hijas, pero no siempre, que la violencia de las hijas reviste las mismas características que la de los hijos varones y que es en familias monoparentales conformadas por la madre donde ésta es más agredida. No obstante, los resultados no son concluyentes, por lo que debemos ser cautelosos.
Palabras claves: violencia filio-parental; madres víctimas de sus hijas; monoparentalidad; perspectiva de género.

Child to mother’s abuse: A review study
Abstract
This article describes the various perspectives used to explain child-to-parent violence in cases where the mother is the more abused parent, especially in single-parent families. The paper also discussed whether to offer an explanation of this phenomenon from a gender perspective, as well as the abusive sons and daughters. Empirical studies have been reviewed from the 1970’s to the present from the databases ProQuest Psychology Journals, PsycARTICLES, PsycINFO, Medline, Psicodoc, IME, ISOC, Latindex and Dialnet, in addition to several books published on this type of violence. The results suggest that the mother is the more abused parent; sons are more often the aggressor than daughters, but not always, and the violence presented by female children has the same characteristics as that of male children. Furthermore, in single-parent families, child-to-parent violence is more prevalent in families where the mother is the single parent. Nevertheless, the results are not conclusive, and further research is needed.
INTRODUCCIÓN
La mayoría de las investigaciones feministas de las décadas de los años 70 y 80, explicaban la violencia familiar como el resultado de la reproducción y persistencia de modelos sexistas y patriarcales en la sociedad de la época. En este sentido, encontramos varios trabajos como los de Walter (1981), Dobash y Dobash (1979) y Martin (1976) entre otros, quienes documentaron el modo en que sociedades sexistas facilitaban el maltrato hacia la mujer y la necesidad de considerar el constructo de género, referido a “las construcciones sociales que contienen conceptos de sí mismo, rasgos psicológicos y roles familiares, ocupacionales y políticos asignados de forma dicotómica a los miembros de cada sexo” (Del Valle y Sanz, 1991, citado en Villavicencio y Sebastián, 1999:65). Del mismo modo, otras investigaciones analizaron la victimización de la mujer por malos tratos sufridos a manos de su pareja (Dobash y Dobash, 1979; Ferraro y Johnson, 1983; Galles, 1985; Hilberman, 1980; Martin, 1976; Walter, 1981).
Ya en la década de los años 90, la prevalencia e incidencia de la violencia en la pareja también fue bien analizada por diferentes autores. Primero, en relación con los diferentes tipos de abuso hacia la mujer, después, por las consecuencias que sufrían los hijos por ello, y más recientemente, por el abuso físico hacia el marido (Websdale, Sheeran y Johnson, 1999). Pero no ocurrió lo mismo con otro tipo de maltrato en la familia ni contra la mujer: la violencia filio-parental, es decir, aquella perpetrada por los hijos e hijas hacia sus progenitores.
Una de las razones que puede haber contribuido a este olvido las podemos encontrar en el hecho de que la perspectiva feminista se centró exclusivamente en la dimensión social del delito a la hora de analizar la conducta de las víctimas y de los agresores. Así pues, fueron foco de atención del feminismo el sostén socialmente estructurado de la violencia de los hombres contra la mujer, la desigual distribución de las tareas en el hogar y la escasa implicación del marido en el cuidado y educación de los hijos. No obstante, algunos estudios que trataron con gran profundidad la violencia hacia la mujer ya indicaban la posibilidad de que las madres fueran objeto de maltrato por parte de su progenie, debido sobre todo a su condición de únicas responsables de su crianza y educación (Patterson, 1986, 1982; Renzetti y Curran, 1999).
En un mismo sentido se expresan actualmente Edenborough, Jackson, Mannix y Wilkes (2008:165) cuando afirman que “el maltrato de los hijos e hijas hacia sus madres, aún siendo un problema para muchas familias y mujeres, es uno de los temas de violencia intrafamiliar que menos atención ha recibido en los últimos 20 años”. Además, cuando se realizan estudios sobre hijos maltratadores de sus madres, los investigadores se posicionan, generalmente, en el campo de la Criminología o de los modelos médicos, antes que como una forma diferente de violencia intrafamiliar contra la mujer (Downey, 1997; Jackson, 2003; Stewart, Burns y Leonard, 2007). Suponemos que la falta de interés por este tipo de violencia hacia las madres también pudo ser el resultado de la percepción poco extensiva de este tipo de maltrato; es decir, se creía que presentaba una baja prevalencia e incidencia dentro de la violencia familiar (Cornell y Gelles, 1982; Peek, Fischer y Kidwell, 1985), por lo que en ningún caso generó alarma social.
Pero más allá de discusiones sobre modelos explicativos más acordes con la perspectiva feminista, o de intentos por comprender por qué dicha perspectiva ha descuidado este fenómeno, nos interesa conocer la investigación más reciente sobre este tipo de maltrato intrafamiliar. Así, el siglo XXI constituye el inicio formal, preciso y más prolijo en la investigación sobre la violencia filio-parental. La principal razón la podemos encontrar en la motivación de varios autores contemporáneos que señalan, aún hoy, la necesidad de que este fenómeno deba explicarse desde diferentes teorías, incluida la feminista (Cottrell, 2001a, b; Cottrell y Monk, 2004; Edenborough et al., 2008; Jackson y Mannix, 2004; Paterson, Luntz, Perlesz y Cotton, 2002; Stwart, Jacson, Mannix, Wilkes y Lines, 2004; Stwart, Wilkes, Jackson y Mannix, 2006; Ulman y Straus, 2003).Todos estos autores poseen la convicción firme de la urgente necesidad de analizar la violencia entre progenitores e hijos desde una perspectiva multifactorial.
Por esta razón, presentamos a continuación los resultados de las diferentes investigaciones realizadas sobre este fenómeno delictivo, estructurados en los siguientes objetivos:1) Conocer si la madre es el progenitor más agredido en este tipo de maltrato; 2) Establecer en qué medida el hijo o la hija reproducen la violencia de la que han podido ser testigos en sus hogares; 3) Discutir si la violencia ejercida por las hijas agresoras debe ser estudiada desde un perspectiva de género; 4) Analizar en qué medida la monoparentalidad constituye un factor de riesgo en este tipo de maltrato hacia la madre.
MÉTODO
Para la realización de este trabajo se revisaron los estudios publicados sobre violencia filio-parental donde aparecían las madres y padres como víctimas, las hijas e hijos en calidad de agresores, así como la violencia de éstos contra otros miembros de la familia, desde los años 70 hasta la actualidad. Pero también hemos incluido otras investigaciones de alcance más amplio y centradas en la violencia intrafamiliar en el mismo espacio temporal, y que aparecen incluidos en las siguientes bases de datos multidisciplinares: ProQuest Psychology Journals, PsycARTICLES, PsycINFO , Medline, Psicodoc, IME, ISOC, Latindex y Dialnet, así como algunos libros publicados sobre este tipo de violencia en España.

Por lo que respecta a los descriptores usamos los siguientes: violencia filio-parental, maltrato de hijos a padres, madres víctimas de sus hijos, hijos tiranos, hijos violentos, parent abuse, adolescent violence toward parents. La estrategia de búsqueda se realizó de forma sencilla, incluyendo cada descriptor en las bases, realizando combinaciones en algunos casos (p.ej. madres maltratadas- hijos violentos).

RESULTADOS
El análisis de los estudios pone de relieve que la mayoría de las investigaciones son de naturaleza transversal- descriptiva y en muchas de ellas no podemos establecer si cuando aparece la madre como el progenitor maltratado es la única víctima o también lo es a la vez el padre, y viceversa; por tanto, nuestra revisión estará limitada por estas cuestiones de forma. Por otro lado, las muestras suelen ser pequeñas, por lo que en algunos casos es imposible generalizar los resultados debido a la ausencia de validez ecológica (oscila entre los 10 sujetos y los 148). Además, los sujetos proceden de distintos contextos como: justicia, terapia privada o servicios sociales, por lo que resulta difícil extraer conclusiones definitivas respecto al alcance del fenómeno y sus características.
A continuación exponemos los resultados en diferentes apartados a partir de cada uno de los objetivos planteados para realizar esta revisión.

1) Conocer si la madre es el progenitor más agredido en este tipo de maltrato
Para saber si la madre es el progenitor más agredido, comenzaremos por la revisión realizada por Robinson, Davidson, y Dredot (2004), donde se revela que, en el 82% de los casos, el progenitor más agredido es la madre, mientras que sólo en un 18% de las ocasiones es el padre. Además, estos autores señalan que la madre tiene más probabilidad de sufrir maltrato físico grave que el padre, y que la tasa más alta de violencia filio-parental aparece en familias monoparentales. Este alto porcentaje de madres agredidas también se halló en un estudio posterior de Kethineni (2004) cuya muestra estaba compuesta por 83 jóvenes arrestados por este tipo de violencia y donde el 81% de los descendientes agredían a sus madres.
En concreto, encontraron que el 88% de los hijos e hijas perpetraron agresiones contra su madre biológica, seguido por los ataques a la madre adoptiva (5,4%), mientras que el padre biológico aparece como el que menos sufre los ataques (2,7%). En el mismo sentido se pronuncian autores como Cottrell y Monk (2004), quienes encontraron que las madres y las madrastras eran las víctimas predominantes del maltrato filial. Respecto al porcentaje de agresiones a otros miembros de la familia (principalmente a hermanas, hermanos y abuelas) por parte de estos hijos, Nock y Kazdin (2002) señalan que ocurre en un 4.10% de los casos.
Asimismo, en la revisión de varios estudios realizada por Ulman y Straus (2003) se señala que el 14% de los padres y el 20.20% de las madres indicaron que habían sido golpeados por el hijo o hija durante los 12 meses previos a la entrevista. Según los autores, este dato es muy relevante, puesto que representa un 42% más de porcentaje de violencia contra la madre que contra el padre (no estudiaron familias monoparentales). Del mismo modo, Ulman y Straus (2003) resaltan que tanto hijas como hijos tenían mayor probabilidad de ser agresivos con las madres que con el padre.
En el trabajo realizado por Evans y Warren-Sohlberg (1988) se encontró que en el 49% de los casos los hijos e hijas abusaban de la madre, mientras que con el padre sólo lo hacía el 16%. Además, el mismo estudio indicaba que el 32% de los casos implicaba violencia de las hijas hacia la madre y, sólo un 1.4% de las hijas contra el padre; incluso se expone que los hijos eran tres veces más proclives a maltratar a sus madres que a sus padres.
En España, la casi totalidad de los resultados de las investigaciones realizadas se han obtenido a partir de muestras de adolescentes que cumplen medidas judiciales en centros de reeducación. Por tanto, son jóvenes de edades comprendidas entre los 14 y los 18 años, la edad que estipula la ley del menor española (Ley Orgánica De Responsabilidad Penal del Menor, 5/2000, de 12 de enero). Por ejemplo, en la investigación llevada a cabo por Ibabe, Juregizar y Díaz (2007), se analizaron expedientes de menores de ambos sexos con procedimientos judiciales abiertos en el País Vasco, en la Fiscalía de Menores de Bilbao, y Juzgados de Menores de Vizcaya, por delitos de violencia a ascendientes y otros tipos de delitos, durante el periodo comprendido entre 1999 y 2006. La muestra estuvo compuesta por 103 jóvenes entre 14 y 18 años divididos en tres grupos: A) 35 sujetos sólo habían cometido delitos de violencia filio-parental (VF), 33 sujetos habían cometido el delito de violencia a ascendientes y otro tipo de delitos (VF+) y, 35 sujetos no cometieron el delito de violencia filio-parental pero sí otros. De esta muestra, Ibabe et al., (2007) concluyen que en el 95% de los casos la madre es la agredida; y, a veces, la violencia se generalizaba al padre y a otros miembros de la familia.
Por otra parte, en la investigación de Romero, Melero, Cánovas y Antolín (2007) se analizaron todos los expedientes de menores de ambos sexos calificados como violencia en el ámbito doméstico, con una muestra de 138 jóvenes de entre 14 y 21 años, según los datos de la Dirección General de Justicia Juvenil y de la Fiscalía de Menores de Cataluña (Barcelona, Girona, LLeida y Tarragona). Estos autores analizaron a todos los miembros de la familia, además de la madre, que sufrían la violencia por parte del hijo agresor (principalmente sus hermanos y la nueva pareja de la madre). Encontraron que en el 42,20% de las ocasiones, la madre aparecía como única víctima, mientras que el padre no aparecía analizado en ningún caso. Además, la madre, acompañada de otro miembro familiar, aparecía en el 35.30% de las agresiones. Por tanto, en el 77.5% de los casos de violencia filio-parental, la madre aparece como víctima.
La investigación de la Asociación Altea-España (2008) estudió a 148 familias españolas comparadas con la muestra de otras 106 que proporcionaron países como Alemania, Gran Bretaña, Italia, Portugal y Polonia, concluyendo que en el 30% de las agresiones físicas la principal víctima era la madre, frente a un 5% donde lo era el padre. Además, de todos los tipos de violencia que analiza este estudio, es la madre la que recibe el mayor número de agresiones: más del triple de las sufridas por el padre.
En el estudio de Rechea y Cuervo (2009) la muestra utilizada fue de 10 sujetos (chicos y chicas), menores de edad (entre 14 y 18 años), procedentes de Servicios de Ejecución de Medidas Judiciales y de Servicios Sociales Básicos de la ciudad de Albacete. Las autoras especifican que el número fue reducido por ser los únicos casos que hijos y progenitores estuvieron dispuestos a conceder una entrevista. Así pues, Rechea y Cuervo (2009) analizan la violencia que ejercen estos adolescentes, no sólo contra sus progenitores sino también a otros miembros de la familia, obteniendo los siguientes resultados: en el 20% de los casos la madre aparece como única víctima, nunca el padre solo; en el 50% de los casos aparecen como víctimas tanto las madres como los padres; en el 20% de los casos las víctimas son la madre y los hermanos del hijo o hija agresor, y en el 10% de los casos, el padre es la víctima junto con los hermanos del agresor. Como podemos observar, excepto en una variable, la madre aparece siempre como víctima, bien sola o bien con otros miembros de
la familia. Sin embargo, el padre nunca aparece como única víctima ya que cuando lo hace es siempre en unión de otro miembro de la familia.
No obstante, en nuestra revisión también hemos encontrado posiciones contrarias a las expuestas. Así, los estudios de Peek, Fischer y Kidwell (1985) han sugerido que los padres pueden sufrir mayor porcentaje de violencia comparada con el de las madres. Esta afirmación se apoya en sus hallazgos obtenidos tras analizar a alumnos y alumnas de instituto de diferentes cursos, donde encontraron que entre el 5 y el 8% de los hijos afirmaron haber agredido físicamente a su padre, frente a un 2 y 6% que lo hicieron contra su madre. En el mismo sentido, el estudio de Walsh y Krienert (2007) concluye que entre los hijos de 18 y 21 años, el objeto de la agresión es el padre, no la madre o no sólo ella.
Ahora bien, si la madre es la principal víctima en casi todas las investigaciones revisadas, deberíamos también examinar estudios que nos expliquen algunas de las posibles causas. Por ejemplo, la investigación de Gallagher (2004a) ofrece una serie de causas que hacen de las madres las víctimas más habituales y vulnerables: (a) las madres suelen ser físicamente menos fuertes que los padres y tienden a no devolver los golpes; (b) es más fácil que los hijos convivan con sus madres que con sus padres en familias monoparentales, y están solas ante el hijo, lo que las hace más vulnerables; (c) las madres pasan más tiempo con los hijos e hijas cumpliendo las funciones de cuidadoras y educadoras, creándose más situaciones de enfrentamiento y fricción; (d) las mujeres han sufrido, en su pasado, más situaciones de abuso que los hombres lo que las convierte en víctimas propiciatorias; y (e) los prejuicios sociales en relación a la superioridad del varón sobre la mujer pueden influir en el hijo.

Por otro lado, Gallagher (2004a) también habla de aquello que motiva el sentimiento de culpabilidad de estas madres, y nos parece interesante presentar su idea: generalmente, las mujeres han sido socializadas para asumir responsabilidades familiares, en particular el cuidado de sus hijos, y no suelen considerar la posibilidad de dejar de hacerlo, ni siquiera cuando sus hijos se comportan de manera agresiva con ellas. Así pues, es una realidad que las madres se identifican a sí mismas como encargadas de la crianza y no quieren ser vistas como una “mala madre” por no haber sabido educar a sus hijos o, si los denuncian, que sus hijos sean etiquetados como agresores por su culpa (Jackson, 2003; Hastie, 1998).
Por su parte, Paterson et al. (2002) identifican la dicotomía “buena madre” versus “mala madre” entre las mujeres que habían sido maltratadas por sus hijos, y advirtieron que ellas pensaban que si hubieran sido buenas madres habrían podido resolver la situación, o que no habrían permitido que la situación llegase hasta las agresiones graves de sus hijos contra ellas. Según estos autores, esa percepción fue reforzada por la creencia de los hijos de que la culpa de lo sucedido era de sus madres.
En esta dirección, en el estudio de Jackson y Mannix (2004), las madres experimentaron culpa a través de las actitudes que la comunidad mantenía hacia ellas, llegando a interiorizar que eran las responsables de las acciones u omisiones de sus hijos maltratadores. Incluso, para autores como Hastie (1998), las madres se mostraron reacias a revelar el maltrato sufrido porque se avergonzaban y creen que la sociedad no reconoce la existencia de la violencia del niño hacia sus progenitores; por ello, cuando informan de su victimización se culpaban y/o responsabilizaban de las acciones de sus hijos.

Por tanto, las madres que sienten que no están bien capacitadas para ser unas “buenas madres” pueden sentirse avergonzadas o con miedo a ser estigmatizadas al confesar que son objeto de maltrato. Aún más, es un tema tabú del que no se habla y no se comunica fuera de casa; quizás sea porque la sociedad responsabiliza principalmente a la madre, la culpabiliza (Koniak-Griffin, Logsdon, Hines-Martin, y Tnurner, 2006; Jackson y Mannix, 2004), una idea que las mismas mujeres víctimas asumen, por lo que guardan silencio o niegan la gravedad de la violencia que ellas sufren, y así mantienen a salvo su imagen y la apariencia de una familia “normal” (Stwart, et al., 2006; Jackson, 2003; Cottrell, 2001b) aunque ello suponga el mantenimiento de la violencia filio-parental.
Para recopilar las ideas expuestas, traemos a colación los resultados del estudio llevado a cabo por Edenborough et al. (2008) con 185 madres que vivían en un área geográfica de riesgo en New South Wales, en Australia y que sufrían malos tratos a manos de sus hijos: (a) minimizaron en frecuencia# e intensidad los malos tratos sufridos; (b) se sentían responsables de las conductas de sus hijos#, porque no habían resuelto la situación ni pudieron evitar que llegase a esos niveles de violencia; (c) las madres también dijeron tener resentimiento hacia sus hijos, pero, al mismo tiempo, sentían empatía y preocupación acerca de las consecuencias de las actitudes de éstos; y, (d) las madres se sentían desvalorizadas, culpabilizadas y denostadas por sus hijos maltratadores.
Otras investigaciones, como las de Rechea y Cuervo (2009), también señalan como posible causa de que las madres sean las víctimas más propicias, el hecho de que el hijo o hija agresor maltrata a aquellos que ejercen el rol de figura de autoridad en el hogar y, también a las personas que apoyan, directa o indirectamente, a su víctima (madre y/o padre, hermanos, etcétera) por ser la que establece las pautas educativas. En esta misma dirección, los resultados del estudio de Sempere et al. (2007) compuesto por 12 adolescentes (de ambos sexos) recluidos en centros de Reforma de Cataluña con medidas judiciales por delitos de violencia filio-parental, también determinan que si el adulto que está a cargo de la crianza y educación de los menores es la abuela o el padre, ellos serán objeto de los malos tratos, porque son los que representan las figuras de autoridad.
Bajo esta perspectiva, si el hecho de que la figura materna presente una mayor implicación en la educación de los hijos es una razón por la que se ve expuesta a mayores situaciones de riesgo o violencia a manos de éstos (Patterson, 1986, 1982; Rechea y Cuervo, 2009; Sempere et al., 2007), la violencia hacia las madres, no parece ser tanto una cuestión de género, o no sólo de ella, sino que se relaciona con el hecho de que se agrede a las personas que representan la figura de autoridad.

2) Establecer en qué medida el hijo o la hija reproducen la violencia de la que han podido ser testigos y/o víctimas en sus hogares
Para responder a esta cuestión, revisemos algunos resultados a partir de la Teoría Intergeneracional de la Violencia; en concreto, cuando se refiere a la violencia de género intrafamiliar, analizando los casos en que la madre es o ha sido víctima de violencia a manos de su pareja, y su hijo o hija testigos de ella.
En la investigación de Romero et al. (2007), en el 37.5% de los casos estudiados las madres sufrían violencia a manos de su pareja. En el estudio de Rechea y Cuervo (2009), el 40% de la muestra sí había sido testigo de malos tratos en su familia frente a otro 40% que no lo había sido, y el 20% de los hijos maltratadores no contestaron a la pregunta. En el estudio de Ibabe et al. (2007), el 18.4% de los adolescentes habían sido testigo de violencia entre sus progenitores, aunque este porcentaje asciende hasta el 32% cuando se analiza si estos jóvenes habían experimentado alguna situación de violencia intrafamiliar, frente al 68% que afirmó no haberla vivido. Por tanto, no es un factor determinante el ser testigo de violencia entre los progenitores aunque sí relevante.
En este sentido, Ulman y Straus (2003) añaden nuevas conclusiones tras revisar varios estudios que no incorporaban el análisis de familias monoparentales (algo que sí ocurría en las investigaciones españolas citadas). Concluyeron, por una parte, que la violencia entre progenitores está fuertemente relacionada con los hijos agresores que maltratan a su madre pero no con los que maltratan a su padre; y, por otra parte, que los mayores porcentajes de violencia filio-parental contra las madres se daba en hijos de familias en las que la madre había golpeado al padre, pero el padre no lo había hecho contra la madre. Por tanto, los porcentajes más altos de violencia del hijo o hija contra la madre estaban vinculados significativamente cuando ésta era la agresora y no la víctima de su pareja.
Por otro lado, también se ha intentado analizar la relación entre hijos-víctimas versus hijos-agresores. En la mayoría de los estudios revisados que tratan esta cuestión, se confirma que la violencia ejercida por los progenitores contra sus hijos e hijas está vinculada con la violencia filio-parental en mayor o igual proporción que la violencia entre progenitores o en la pareja (Brezina, 1999; Cottrell, 2001a; Edenborough et al., 2008; Eckstein, 2004; Jackson y Mannix, 2004; McCloskey y Lichter, 2003; Rechea y Cuervo, 2009; Rechea, Fernández y Cuervo, 2008; Robinson, Davidson y Dredot, 2004; Romero et al., 2007; Stewart, Burns y Leonard, 2007; Stwart et al. 2006, 2004; Ulman y Straus, 2003).
3) Discutir si la violencia ejercida por las hijas agresoras debe ser estudiada desde una perspectiva de género
Otra cuestión a tratar y analizar en este artículo consiste en conocer los motivos que conducen al maltrato a las hijas violentas, un análisis sugerente tras la revisión de estudios sobre violencia juvenil y contra la mujer. Nuestro propósito fue la comparación de estos estudios con los de la violencia filio-parental, para comprender en qué medida las hijas agresoras presentan diferencias en el tipo de violencia ejercida respecto de los varones. La mayoría de los estudios reflejaron unos resultados sorprendentes, por inesperados y reveladores, ya que no parecen existir diferencias en el tipo de violencia que ejercían los hijos de ambos sexos. Estos hechos nos llevaron a plantearnos si las hijas que también ejercían la violencia filio-parental debía ser contemplada desde una perspectiva de género, o por el contrario, no existían diferencias en la conducta violenta entre los hijos y las hijas.
Por ejemplo, del estudio de Pagani et al. (2003) con una muestra de 778 adolescentes, se concluyó que la agresión hacia las madres y el sexo de los adolescentes no presentaban diferencias significativas. Por otra parte, Ulman y Straus (2003), a partir de los estudios revisados, concluyeron que aparecía una tendencia de los hijos varones a presentar porcentajes más elevados de violencia filio-parental que las hijas, aunque la diferencia numérica existente entre ambos no fue suficientemente relevante para ser estadísticamente significativa.
La investigación de Walsh y Krienert (2007) halló que los hijos varones cometieron la mayoría de las agresiones, en concreto, el 63.3%. Cuando establecieron el porcentaje vinculado a diferentes tipos de violencia concluyeron que: en conductas de intimidación las cometían un 27.5% de hijas frente a un 72.5% de hijos; en cuanto a las agresiones leves encontraron a un 31.3% de hijas frente a un 68.7% de hijos y, finalmente, cuando se producía una agresión grave aparecía que un 38.5% lo cometían las hijas y el 61.5% los hijos. Por tanto los hijos eran los agresores más frecuentes y violentos, aunque el porcentaje de las hijas se iba incrementando en la medida que se analizaban las conductas agresivas más graves.
Igual de interesantes y reveladores son los hallazgos de Brezina (1999), Browne y Hamilton (1998), McCloskey y Lichter (2003) y Paulson, Coombs y Landsverk (1990), quienes concluyeron que, no sólo las diferencias de sexo eran pequeñas sino que incluso eran inexistentes. Del mismo modo, Bobic (2002) llega a la misma conclusión al revisar algunos estudios llevados a cabo en Australia, Nueva Zelanda y Norteamérica, afirmando que las diferencias entre chicos y chicas en este tipo de violencia están igualmente representadas por ambos sexos (Teamcares, 2001, citado en Bobic, 2002), (Paterson et al., 2002; Cottrell, 2001b).
Por otra parte, Nock y Kazdin (2002) encontraron que las hijas presentaban el porcentaje más alto de agresiones con un 14.6%, frente al 11.4% de los hijos. Incluso, en estudios con mayor tamaño muestral hallaron diferencias en contra de las hijas, aunque no fueron estadísticamente significativas, con un 9.7% de hijas agresoras frente a un 8,8% de hijos (Agnew y Huguley, 1989; Pagani et al., 2003).
Asimismo, Bobic (2002) llega a concluir que la igualdad de sexos como agresores en este tipo de violencia es coherente con los hallazgos que encontró Weiler (1999) en su investigación sobre el aumento de la participación de las adolescentes en actos delictivos. A éste respecto, Romero et al., (2007) especifican que en la memoria de la Dirección General de Justicia Juvenil (2003) se observó un aumento en el número de chicas de un 14.39%, y una disminución en la de los chicos de un 85.61%. Además, cuando Romero et. al., (2007) revisan los porcentajes al vincular la variable sexo y delito de violencia filial, observan que el 20.7% eran hijas agresoras y el 79.3% hijos. Por tanto, en este tipo de delito las chicas aparecen en mayor porcentaje que en otros respecto a los chicos.
No obstante, en los estudios llevados a cabo en España, se presenta un porcentaje significativamente mayor de violencia en los hijos que en las hijas en edades comprendidas entre 14 y 18 años, que resumimos en la siguiente tabla.

Tabla 1. Sexo del hijo agresor
Estudios revisados
Mujeres
Varones
Rechea y Cuervo (2009)
3
7
Asociación Altea-España (2008)
30
68
Rechea et al. (2008)
55
91
Romero et al.(2007)
24
92
Ibabe et al. (2007)
15
88
Total
127
346
En esta mima dirección encontramos el análisis llevado a cabo por Cottrell y Monk (2004), donde se establece que entre el 50 y 80% de violencia filio-parental es perpetrada por las hijas . En la misma línea, encontramos estudios como los de Du Bois (1998), Laurent (1997) y Langhinrichsen-Rohling y Neidig (1995). Charles (1986) da un paso más en su inferencia al exponer que las hijas agresoras, aunque no eran las maltratadoras más prevalentes, sí eran las más frecuentes.
Sin embargo, aunque Pagani et al. (2003) mantienen esta misma tendencia, matizan en qué tipo de estudios aparecen estos resultados, afirmando que si la metodología utilizada es la clínica (por ejemplo, Habbin y Madden, 1979; Laurent y Derry, 1999), anecdótica (por ejemplo, Dugas, Mouren y Halfon, 1985) y de estudios forenses (por ejemplo, Cochran et al., 1994), se concluye que los hijos varones son los perpetradores más habituales y probables, frente a las hijas. En sus estudios, Walsh y Krienert (2007) también encontraron diferencias significativas si se analizaban categorías de agresiones.
4) Analizar en qué medida la monoparentalidad constituye un factor de riesgo en este tipo de maltrato hacia la madre.
La última cuestión a analizar en este artículo hace referencia a la monoparentalidad como un posible factor de riesgo frente a la violencia filio-parental. Al respecto, en algunas de las investigaciones revisadas, las madres eran el único progenitor del hogar en el momento del estudio; por ello, pensamos que esta circunstancia podría estar mediatizando o influyendo en los resultados porque eran el progenitor más accesible para este tipo de hijos, y porque no estaba el otro progenitor para evitar esa violencia (Agnew y Huguley, 1989;.Edenborough et al. 2008; Evans y Warren- Sohlerg, 1988; Jackson y Mannix, 2004; Laurent y Derry, 1999; Stwart et al., 2004).
Al respecto, Stewart, Burns y Leonard (2007) dan por hecho que la monoparentalidad es un factor de riesgo indicando que la violencia filio-parental puede ser cada vez más común debido, por una parte, al gran aumento de familias con un solo progenitor (en Australia, en 2003, el 15% de todas las familias con hijos estaban a cargo de la madre), y , por otra parte, al desarrollo de una cultura consumista que anima a los hijos a exigir que sus padres y madres satisfagan sus deseos, y dado que es en las familias monoparentales donde suelen haber ingresos más bajos, se pueden crear más situaciones de fuertes enfrentamientos y estrés familiar.
En esta misma línea, Pagani et al., (2003) llevaron a cabo un extenso y amplio estudio que examinó los factores que influyeron en el comportamiento abusivo de los hijos hacia sus madres. Uno de sus hallazgos es que hubo una correlación significativa entre el estado civil (divorciadas) y la agresión hacia éstas, concluyendo que las familias monoparentales tenían mayor probabilidad de sufrir agresión física; sin embargo, cuando se daba un segundo matrimonio, las familias presentaban mayor riesgo de sufrir agresiones verbales.
No obstante, Pagani et al., (2003) indicaron que no era sólo el divorcio o la familia monoparental lo que condujo a un aumento en la agresión de los adolescentes hacia sus progenitores, sino que existían otros factores que coincidían con la separación de sus padres como: la adaptación de la madre a la situación de única progenitora en el hogar, de los adolescentes a tener una mayor responsabilidad, la alienación de la custodia de sus padres, los problemas económicos y menos apoyo social del entorno familiar inmediato a la nueva familia monoparental; conclusiones que también aparecen en otras investigaciones (Cottrell, 2001b; Cotrrell y Monk, 2004 ; Ibabe, et al., 2007; Rechea et al., 2008; Romero et al., 2007).
Independientemente de ello, parece ser que la condición de monoparentalidad o ausencias físicas del padre por largos periodos de tiempo, constituiría un factor que hace más probable que la madre sea víctima con mayor frecuencia (Asociación Altea-España; 2008; Ibabe et al., 2007; Kumagai, 1981; Livingston, 1986; Rechea y Cuervo, 2009; Rechea, Fernández y Cuervo, 2008; Romero et al., 2007; Sempere et al., 2007).

DISCUSIÓN
Los resultados de la revisión de los diferentes trabajos en los que se ha analizado los diferentes objetivos planteados en esta artículo muestran que, respecto al hecho de si es la madre el progenitor más agredido, observamos que, a pesar de que existe alguna evidencia en contra, la casi totalidad de los estudios confirman que la madre es la víctima más frecuente dentro de la violencia filial, con una importante diferencia porcentual con respecto al padre. Así las cosas, quizá debamos plantearnos si estamos frente a un fenómeno de violencia familiar con dos tipos de víctimas, que requieren análisis causísticos diferenciados, y analizar si el ser madre es un factor de riesgo. Asimismo, no es desorbitado pensar que estamos frente a un fenómeno de violencia contra la mujer ejercida por su descendencia, que bien podríamos denominar violencia filio-marental, pudiendo llegar a clasificarla dentro de la violencia de género (Cottrell y Monk, 2004; Jackson y Mannix, 2004; Stewart, Burns y Leonatd, 2007, Stwart et al, 2006, 2004); pero, para confirmar o refutar esta tesis deberíamos, en primera instancia, estudiar familias donde aparezcan ambos progenitores, algo que la investigación realizada hasta la actualidad no nos permite conocer.
Desde nuestro punto de vista, sería adecuado introducir el término de violencia filio-marental cuando estudiemos tanto sólo a las madres como víctimas de este tipo de delito como cuando sean las mayormente agredidas en estudios que aparezcan la madre y el padre.
Además, varios estudios confirman que el hecho de que la figura materna presente una considerable implicación en la educación de los hijos, es una razón por la que se ve expuesta a mayores situaciones de riesgo o violencia a manos de éstos (Patterson, 1986, 1982; Rechea y Cuervo, 2009; Sempere et al., 2007). Por ello, no parece ser tanto una cuestión de género, o no sólo de ella, sino de ir contra la figura de autoridad, factor a tener en cuenta a la hora de confeccionar cuestionarios y establecer variables dependientes en la investigación que correlacionen ser madre y, además, ser la principal o única responsable de la educación y socialización de los hijos.
Con respecto al segundo objetivo, esto es, si ser testigo de violencia entre los progenitores tiene una correlación positiva con la violencia filio-parental, y tras nuestra revisión podemos concluir que no es un factor determinante aunque sí relevante. La otra cuestión es si los hijos maltratados constituyen un potente predictor de futura violencia filio-parental. En este sentido hemos hallados que en algunos de los estudios revisados se confirma que la violencia ejercida por los progenitores contra su progenie está vinculada con la violencia filio-parental en mayor o igual proporción que la violencia entre progenitores o en la pareja. Ambas resultados no son determinantes, por ello no son concluyentes en la dirección establecida
Pero más allá de analizar las variables relacionadas con la teoría intergeneracional de la violencia y de la predictibilidad, tendríamos que profundizar por qué las hijas adoptan un rol de agresoras con las madres cuando éstas son víctimas de su padre y, además, son madres que no ejercen maltrato sobre sus hijas, variables que irían en contra de tres teorías: la feminista, la de la predictibilidad y la del aprendizaje social.
En tercer lugar, el siguiente objetivo perseguía conocer si las hijas agresoras son otro aspecto a analizar desde una perspectiva de género en cuanto al tipo de violencia ejercida, dado su incremento en este tipo de violencia. Para ello, debemos resaltar los estudios que determinan que las hijas aparecen en un porcentaje superior o igual al de los hijos como maltratadoras, principalmente, de su madre. En otras investigaciones concluyen que los hijos son los que mayoritariamente cometen este tipo de delito en comparación con las hijas. Por tanto, no son datos concluyentes ni su violencia debe ser estudiada desde una perspectiva de género, puesto que los tipos de violencia son similares y contienen en mismo tipo de características que acompañan a la ejercida por los hijos.
Pero algo es común frente a la víctima que eligen tanto los hijos como las hijas agresores: ser madres o mujeres que se encargan de su crianza y educación. Ello requiere del análisis criminológico, específicamente desde la victimología, porque se presenta el fenómeno de que una mujer es agredida por otra mujer en el ámbito familiar cuyo vínculo, además, es el de madre e hija. Además, porque existe un mayor porcentaje de chicas respecto a chicos que en otro tipo de delitos.
Por tanto, necesitaríamos saber si, podemos considerar que estamos ante un fenómeno más vinculado a la figura de autoridad familiar que ante un fenómeno enteramente de violencia de género, o si ambos correlacionan positivamente. Para poder dar respuestas a estas cuestiones, necesitamos de investigaciones que analicen el maltrato filio-marental desde una perspectiva que incluya ambos progenitores dentro de la violencia familiar.
Por último, con respecto a la monoparentalidad como factor de riesgo en la violencia filio-parental, los datos sugieren que la condición de monoparentalidad o ausencias físicas del padre por largos periodos de tiempo, constituiría un factor que hace más probable que la madre sea víctima con mayor frecuencia.
De este modo, la cuestión a analizar es si la correlación entre monoparentalidad y violencia filio-parental es significativa. Podríamos responder que sí, porque las investigaciones revisada afirman que la monoparentalidad constituye un factor de riesgo a considerar seriamente en el desarrollo de la violencia filial. No obstante, también advierten de la importancia de contemplar otros factores o características que aparecen con mayor frecuencia en las familias monoparentales#.
En síntesis, nuestra revisión nos obliga a reflexionar sobre el binomio monoparentalidad-sexo de la víctima. Así pues, si, por una parte, partimos de que la mayoría de las familias monoparentales están regidas por mujeres y que, independientemente de la estructura familiar, la madre es la víctima por excelencia, no podemos saber qué porcentaje explicativo de este tipo de violencia depende de la monoparentalidad, del hecho de que las principales figuras de autoridad son las madres o de la mujer por el hecho de serlo (paradigma de la teoría feminista).
A tenor de los resultados, con este artículo dejamos abiertas nuevas líneas de investigación del fenómeno de la violencia filio-parental a las que deberemos dar respuesta si queremos plantear políticas sociales y de prevención de la violencia intrafamiliar.

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