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lunes, 17 de octubre de 2011

Sobre discriminación y prevaricación

16 de Octubre 2011
Supongo que a estas alturas todos ustedes sabrán qué el juez de familia de Sevilla don Francisco Serrano ha sido condenado a dos años de inhabilitación por un delito de prevaricación culposa. También tendrá que indemnizar con 4000 euros a la madre de un menor cuyo régimen de visitas alteró el juez en cuestión para que el crío pudiese asistir con su padre a una procesión de Semana Santa.
A pesar de que por dos ocasiones la Audiencia Provincial de Sevilla reconoció que “la decisión adoptada era ajustada a derecho”; a pesar de que, durante el juicio, el fiscal solicitó la libre absolución de Serrano, el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha sido inmisericorde y ha condenado al juez. Escasa condena, no obstante, le ha parecido a la mamá de la criatura, que se plantea recurrir la sentencia y solicitar que a Serrano se le condene por un delito de prevaricación dolosa.
Pongámonos en situación: un padre necesita el permiso de un juez, tócate las narices, para poder llevar a su hijo a una procesión – permiso que no necesita cualquier otro hijo de vecino que cuente con el beneplácito de la madre – y, cuando un juez le echa pelotas al asunto y se cisca en las leyes de desigualdad y discriminación, rápidamente a ese juez se le pone en su sitio. Clarísimo aviso para navegantes: aquel que se desvíe un milímetro de la hoja de ruta fascio feminista aténgase a las consecuencias. Después de lo sucedido al juez Serrano a ver quién es el guapo que osa poner un poco de sentido común entre tanta locura y aberración.
Visto lo visto, y hay qué ser plenamente conscientes de ello, hoy en España ni todos somos iguales ante la ley ni todos tenemos los mismos derechos. Hoy en España existen ciudadanos de primera y de segunda. Hoy en España la misma acción es susceptible de ser considerada falta o delito según el sexo de quien la ejecute. Hoy en España, señores y señoras, en determinadas circunstancias se está discriminando – de forma muy legal y progresista, faltaría más – a un sector de la población en virtud de un puñetero cromosoma. Y en la historia europea relativamente reciente algún caso de segregación podemos encontrar que, pasito a pasito, de discriminación en discriminación, no tuvo precisamente un final feliz.
Alemania, años treinta del siglo XX. Un tal Hitler llega al poder y señala, entre otros, a los judíos cómo máximos responsables de las calamidades que afligen al pueblo alemán. El exterminio de los judíos por todos conocido no sucedió de un día para otro; se convirtió en un proceso que fue madurando de forma gradual: una ley discriminatoria por aquí, una noche de los cristales rotos por allá, miles de deportacones masivas por el más allá… hasta llegar a Auschwtiz o Treblinka.
No podemos permanecer impasibles ante esta lacra discriminatoria que nos asola y de la que se puede señalar, en mayor o menor medida, a múltiples responsables. Son responsables todos aquellos que, siguiendo un plan orquestado, han decidido destruir a la familia como institución y relegar al padre a la mera condición de comparsa paga manutenciones. Son responsables todos aquellos indiferentes que, como creen que ni les va ni les viene, allá los discriminados y virgencita que me quede como estoy. Son responsables todos aquellos complacientes que, en no pocos casos de buena fe y rebosantes de nobilísimas intenciones, creen que así es como avanza una sociedad y se han tragado el rollo molón de la igualdad chupi guay… y no nos hagamos, por favor, responsables todos aquellos que al menos todavía tenemos al alcance de nuestras posibilidades el denunciar públicamente la tiranía y la injusticia que campan a sus anchas por las tierras de España.
Si volvemos la vista atrás y rememoramos experiencias históricas ya citadas en el presente artículo, fácil es preguntarse cómo cojones el ser humano pudo llegar a ser tan cruel, si bien la pregunta lleva implícita una generosa dosis de ingenuidad: al igual que el ser humano es capaz de lo mejor, en determinadas circunstancias también es capaz de perpetrar las mayores aberraciones que pueda concebir la imaginación. Y el caso es que transcurridos cincuenta, setenta o cien años, probablemente nosotros también seremos juzgados y sentenciados y las futuras generaciones se pregunten cómo demonios en la España de principios del siglo XXI pudimos llegar a ser tan bárbaros: flaco consuelo para todos aquellos que se hayan quedado por el camino.
Escrito por Rafael Guerra Sandá en: 16 de Octubre 2011

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