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domingo, 16 de octubre de 2011

El viaje de Ruth y José

«Las leyes han convertido el naufragio personal de una separación en un reparto banal de poder donde la mercancía, en forma de niño, sirve a la autodestrucción...»
por francisco j. poyato, director abc córdoba
Día 16/10/2011
El viaje de Ruth y José no era de Huelva a Córdoba. El viaje de estos dos angelitos que nos tienen el alma encogida y la esperanza con gotero era, sin saberlo y sin quererlo, a la profundidad de nuestras miserias como padres o como seres humanos. Ni la velocidad, ni la superficialidad ni lo efímero de esta realidad que hoy padecemos más que vivimos pueden esconder a las cloacas cuando asoman con su inconfundible pestilencia.
Ante la falta aún de pruebas contundentes sobre los hechos que llevaron a la desaparición de estos dos niños el pasado sábado en Córdoba —partiendo de la tesis inicial de su pérdida en el Parque Cruz Conde—, quizás sea momento de reflexionar en el sustrato de este impactante suceso y no de jugar a policías y ladrones, sin perjuicio del derecho a la información, pues algún que otro carguillo al que le quedan dos telediarios se empeña más en ocultar su incompetencia adobada de caciquismo arremetiendo contra los informadores que en aprestar sus esfuerzos y responsabilidades en encontrar a estas dos criaturas. Circos aparte, claro está.
Tal vez los padres de Ruth y José no les habían dibujado en su incipiente mundo que se estaban separando. ¿Qué le cuentas a una niña de 6 años que te derrite con sólo mirarla y a un cabellito de ángel de 2 años con bigotes de chocolate...? En ese oscuro (a veces también irremediable) pozo en el que la cordura pierde todo su sentido frente al egoísmo y la pura aniquilación del otro usando a tus propios hijos, a tu prolongación biológica, como una moneda de cambio. Unos hijos a los que las propias leyes y las parcelas de poder tras el naufragio sentimental y personal que éstas proponen les refuerzan todavía más si cabe el papel de meras mercancías de negociación y chantaje.
Hasta que nadie demuestre lo contrario, el tortuoso proceso de separación (como cualquier otro) de estos padres, a los que los testimonios de vecinos, conocidos y familiares de Huelva y Córdoba sitúan en el aparente plano de la normalidad, está en el punto de partida, de ahí que no quepa pensar en intromisión alguna de la privacidad de cualquier pareja que acaba sufriendo esa disyuntiva amarga. No hay más que remontarse a las primeras horas del caso para saber cómo la madre de los pequeños interpone una denuncia en Huelva por maltrato psíquico y vejaciones contra su todavía marido José Bretón en la que ya apunta algunas amenazas con los pequeños en el campo de batalla.
Los últimos cambios en la ley que propiciaron el llamado «divorcio express», ahora frenado en su escalada estadística, ironías del destino, por la crisis económica (más mercancía), han puesto en bandeja la cultura imperante que abandona el esfuerzo por la comodidad. Como cuando se rompe un electrodoméstico en casa y alguien nos sugiere locuaz aquello de que nos va a costar más arreglarlo que comprar otro, el amor y el empujón a la pareja que se desparrama por los suelos siempre tendrá un fácil recambio en la tienda de la esquina. Sin ni siquiera habernos parado a abrir la tapa de nuestra convivencia para saber si es cuestión de hacer una pequeña limpieza o un ensamblaje de cables sueltos.
Es por ello, y sin demonizar por completo al divorcio sobre el que el consenso mayoritario de la sociedad española es también por ahora claro, que esta figura se esté banalizando hasta unos extremos insospechados. Y lo que es peor, acabe metiendo en su trituradora a los hijos como un jugoso ingrediente en un sangriento pastel y disputa sin cuartel por encima de un entendimiento razonado y razonable en el que compartir culpas, responsabilidades y esfuerzos sea el mejor de los peores resultados posibles con el objetivo común de sacar adelante a esos hijos. Jamás seremos capaces de entender el daño que le estamos propinando a nuestros hijos, aunque haya quien crea, no sin dosis de razón, que puede haber criaturas menos desdichadas en casas con padres separados que en hogares donde sea aparente la normalidad.
Sea cual sea el resultado final de este desgraciado asunto, a veces extremadamente raro, a veces, supinamente macabro; a veces, inaudito por todo lo que está sucediendo, otras, sospechosamente evidente... la batalla ya se ha perdido, y las víctimas, aún por conocer el verdadero alcance, siempre serán las mismas.
En ese resultado final, la Policía sabe que se está jugando mucho. El caso de Marta del Castillo, cuyo cadáver años después aún sigue sin aparecer y sin claridad en la autoría material e intelectual, ha sembrado un reguero de dudas sobre quienes con absoluta profesionalidad intentan cada día encontrar, simplemente, al malo de todas las películas. Pero ellos, desde el jefazo de turno hasta el agente de puerta, saben que ante los ojos de todos nosotros se están jugando el crédito de un sistema policial, judicial y de seguridad a fin de cuentas (no pierdan de vista tampoco la proximidad de las elecciones, aunque tuerzan el gesto al leer esto). La tortura del caso Marta del Castillo es la prueba fehaciente de que en un sistema como el nuestro, con todos los bienestares y derechos posibles, los niños y los menores pueden desaparecer una buena tarde como si la propia tierra se los hubiera tragado dejándonos su funesta ausencia y un jardín de dudas hirientes como recuerdo.
El viaje de Ruth y José continúa y sólo cabe implorar que al menos algún día puedan contárnoslo, por muy duro que haya sido.

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