Francisco Bejarano / | Actualizado 16.10.2011
POR su matiz escandaloso, la noticia ha sido divulgada ampliamente. Un juez de Familia ha sido acusado de prevaricación, condenado e inhabilitado por cambiar el orden de visitas de un menor a sus padres divorciados, para que se cumpliera el deseo del muchacho de salir de paje en una hermandad de penitencia. El juez había adquirido notoriedad por señalar reiteradas veces que la Ley de Maltrato Doméstico, o como se llame, es injusta por sexista y discriminatoria para el hombre, amén de permitir denuncias falsas que quedan impunes. Desde los romanos, creadores del Derecho moderno, sabemos que las leyes injustas, por su propia naturaleza, obligan a dar sentencias injustas, y que las leyes deben ser pocas, buenas y justas por lo menos sobre el papel, aunque no siempre se puedan aplicar con absoluta justicia. Si las leyes, pensaban Ulpiano y otros grandes juristas antiguos, son justas en su redacción, podrán serlo también en la realidad, en su interpretación y aplicación, al contrario nunca lo serán, porque de una mala ley emanarán malas sentencias.
Un error presentado como acierto es base y principio necesario para otros errores de más graves consecuencias. La ley que quiere regular algo tan vagaroso como las relaciones íntimas y sus desavenencias (el maltrato, las agresiones y daños ya estaban en los códigos desde la Antigüedad, no solo para proteger a los cónyuges sino a los esclavos de las arbitrariedades de sus amos), tiene que basarse en la desigualdad entre los sexos y tratar a la mujer como inferior. No se discute en ninguna parte del mundo civilizado que hombre y mujer, aparte de las diferencias evidentes, son iguales por naturaleza, en lo malo y en lo bueno de la especie, y así se recoge en la legislación. No se puede ir más allá. El feminismo anticuado, colonizador de España desde Estados Unidos, es una ideología residual, muy minoritaria pero organizada, que pretende la desigualdad de los sexos y que el inferior sea el masculino. Este feminismo reaccionario es el que ha propiciado en España una ley aberrante, que permite denuncias falsas y detenciones arbitrarias con los métodos inquisitoriales empleados para los delitos políticos en todos los tiempos.
Un jurista amigo nos pregunta con razonable alarma: ¿Cuál habría sido el destino del juez si la sentencia hubiera alterado el régimen de visitas para que la madre, con la oposición del padre, pudiera llevar a su hijo a la cabalgata del orgullo gay? Y, ¿qué le hubiera ocurrido al juez de negarle el cambio a la madre? El riesgo que comporta no cumplir las leyes es parecido en cualquier régimen político, pero en una democracia el peligro mayor está en la perversidad de promulgar leyes injustas a sabiendas, para dar armas legales a la malicia y favorecer los bajos instintos de minorías irrelevantes.
http://www.malagahoy.es/article/opinion/1090072/leyes/maliciosas.html?mid=504

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